¿Cómo reacciona nuestro cuerpo ante el frío?



el frío y el cuerpo
el frío y el cuerpo

No cabe duda que al conocer más sobre el funcionamiento de nuestro cuerpo, tanto en situaciones normales como en diversos climas como el frío, no podemos evitar pensar en que es innegable compararlo con una máquina, una extraordinaria e increíble máquina humana.

La forma en la que se comporta nuestro cuerpo cuando lo sometemos al peligro, es indiscutiblemente asombrosa. Sabe que hacer y cuando hacerlo, sin que nosotros le demos la orden. Nos protege de cada factor externo que genere peligro y lo hace de formas en las cuales muchos de nosotros ignoramos. Por lo que, no saber cómo nuestro cuerpo nos protege y de qué forma lo hace, es ignorar a nuestro protector interno y personal, alguien que nos ayuda a mantenernos con vida.

Vamos caminando, tenemos frío, mucho frío, cuando esto nos pasa, comenzamos a frotar nuestras manos, movernos o entumecernos, buscamos la manera de quitarnos la sensación que nos provoca el frío. Pero además de poder hacer cosas por nuestra propia cuenta para quitarnos el frío, también podemos saber que hay acciones inconscientes e involuntarias que nuestro cuerpo puede hacer sin la necesidad de que nosotros intervengamos…

La temperatura corporal ideal, oscila entre los 36ºC y los 37ºC (grados centígrados), cuando esta temperatura es amenazada con ser disminuida, el cuerpo se altera de ello, enviando señales desde las superficies cutáneas a nuestro cerebro, diciéndole que el frío está penetrando por nuestro cuerpo hacia los órganos internos.

Para que nuestro organismo funcione con normalidad, es necesario que la temperatura corporal se mantenga estable, si esta disminuye, el cuerpo no podrá seguir haciendo que las funciones vitales prosperen, para esto, ante el frío, utiliza mecanismos que aumentan la temperatura.

Cuando tenemos mucho frío, lo primero que se nos enfría son: los pies, las manos, la nariz y las orejas. Esto ocurre porque el cuerpo intenta mandar más sangre a las zonas más importantes, como: los pulmones, corazón, aparato digestivo, cerebro, etcétera y sacrifica las menos importantes. Comprime los bazos sanguíneos en las extremidades, para así perder menos calor en la sangre cuando pase por lugares distanciados de las zonas más calientes. Por esa razón también nos ponemos pálidos, ya que al disminuir el tráfico de sangre por nuestro contorno, toda nuestra piel se vuelve emblanquecida.

También podemos tiritar; Tiritar (o castañeteo de dientes) es una función “homeostática” (se generan de forma autónoma, como respirar o el latido del corazón) que se produce por la necesidad de generar calor a través del movimiento y espasmo muscular. Aunque no parezca, el movimiento repetitivo de la mandíbula, contrae los músculos faciales de forma esporádica, generando calor sin perdidas, al mismo tiempo, los músculos de nuestro cuerpo se contraen de una forma rítmica, generando otra fuente de calor extra. La característica de tiritar, es que al no generar calor por actividad física, no se producen perdidas ni evaporaciones de calor, como lo hacemos cuando estamos traspirados. Todo el calor generado va a nuestro interior, no se desperdicia nada.

También tenemos otro mecanismo para el frío que es importante destacar, este se llama “pilo erección también conocida como piel de gallina.

Cuando la superficie cutánea comienza a enfriarse, las señales del cerebro hacen que los músculos erectores del pelo, que se encuentran en la base del folículo capilar, se contraigan, elevando los pelos de todo nuestro cuerpo, para que la distancia entre la superficie de la piel y la terminación del pelo sea más amplia. Esto sirve para que el calor que emite nuestro cuerpo no se escape y se mantenga cerca de nuestro contorno.

Pero lamentablemente a causa de la evolución del ser humano, este mecanismo falla en nosotros y es completamente inútil, pero ¿Por qué? La respuesta es fácil, porque no poseemos pelaje que nos cubra el cuerpo. Y ¿Por qué tenemos esta capacidad si no nos sirve? Porque en el pasado inmenso de nosotros, vivíamos en la intemperie, lo que fue necesario el desarrollo de pelaje para protegernos del frío. La utilización de ropa que nos cubre completamente y la consecuencia de la inteligencia de vivir en refugios que nos protejan del clima exterior, produjo que con el paso de mileños y mileños de años, fuera innecesario contar con un pelaje, ya que teníamos abrigo y refugio para protegernos del frío.

Sin embargo, esta función todavía se mantiene, porque quedaron restos de este mecanismo en nuestra genética, como así también quedaron indicios de haber poseído un pelaje en nuestro cuerpo, parte de ello es conservado en la actualidad, como el bello en el pecho, brazos, piernas, barba, etc.


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