¿Por qué le contamos nuestros secretos a los extraños?




Si comienzas a ir por tu día preguntando, descubrirás una verdad misteriosa, especialmente en viajes de avión: casi todo el mundo puede recordar estar atrapado junto a un extraño que no paraba de aburrirte con sus historias de salud, trabajo o matrimonio.

Sin embargo, casi nadie va a admitir ser ese compañero de asiento. Tal vez en realidad es un tipo que se pasa la vida compartiendo “de más” en el transporte público, y todo el que ha tropezado con él lo sabe.

Pero existe una explicación más probable, a la luz unos estudios realizados por un sociólogo de Harvard, Mario Luis Small. La respuesta sería que confiamos en los extraños más de lo que nos imaginamos. Muchos estudiosos han asumido durante mucho tiempo que nuestra “red central de diálogo” se expandiría a aquellos con los que estamos más cerca. El ideal romántico moderno es “cásate con tu mejor amigo”, alguien que es amante, confidente y amigo, todo en uno. Sin embargo, cuando se preguntó a quién habían confiado algo en el pasado reciente, en casi la mitad de los encuestados dijeron que no era una persona importante para ellos, pero sí un camarero, peluquero o, tal vez, alguien atrapado en el asiento de la ventana en un vuelo de seis horas.

Usted podría tomar esto como una noticia terrible: en una sociedad solitaria, atomizados, nos convertimos simplemente en desesperados buscando a cualquiera que nos escuche? En una minoría de casos, el sociólogo encontró que esta pura disponibilidad era de hecho el motivo, pero al menos algunas veces buscamos personas “no íntimas”, precisamente porque son no son allegados íntimos nuestros.

Por un lado, no vas a hablar de tu relación extramatrimonial con tu cónyuge, y puede que no desees que un hermano lo sepa o contarle a alguien que pueda difundir chismes acerca de tus problemas de dinero. Más sutilmente, nos gusta caer en “la comparación social hacia abajo”, animandonos a nosotros mismos con la idea de que lo estamos haciendo es mejor que lo que hacen los demás. Y eso es más difícil que discutir estos problemas con los íntimos, quién de seguro nos cuestionará nuestras decisiones (en el mejor de los casos, en nuestro beneficio).

Hay beneficios, también, en esta especie de “tabla rasa” de alguien a quién no conocemos bien. Esto nos ayuda a explicar el cliché del terapeuta que responde a cada pregunta personal con una pregunta. Un psicoanalista, dijo Freud, “debe ser opaco con sus pacientes y, como un espejo, debe mostrar nada más que lo que él mismo –el paciente–  le muestra”. Al enterarse de que tu psiquiatra tiene tres hijos y le gusta tocar la armónica, pensarías que ésto podría interferir con el proceso psicoanalítico. Un amigo cercano podría saltar con garantías o sugerencias en cuanto a cómo él o ella respondería si estuviera en tu situación; aunque bien intencionado, no siempre es útil. Incluso hay muchos que se saltan la parte de “las sugenrencias” y pasan directamente a “ordenarnos” los pasos y caminos a seguir. Nadie quiere eso.

Tal vez sea nuestra afición por confiar en “los no íntimos” una evidencia más de lo que se ha llamado, en posiblemente el papel más famoso de la sociología, la “fuerza de los lazos débiles”. Muchos de los beneficios que obtenemos de la pertenencia a redes sociales no viene de nuestros lazos más fuertes, pero de los más débiles. También las personas que buscan empleo encuentran más vacantes de trabajo a través de los lazos débiles.

Y todo esto hace que te preguntes cómo muchos matrimonios y amistades podrían ser salvados por no exigir que se cumplan todas las posibles funciones de una relación. De todos modos, ya voy a dejar de hablar. Nos estamos hacercando a mi parada.


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